lunes, julio 03, 2006

¿Cómo fue cuando nacimos?

-Ya no puede esperar...-. La futura madre, ya angustiada, despertaba a su marido.

La micro vibraba a medida que luchaba contra el desnivelado camino. Su vieja carcasa deba pequeños sonidos rechinantes, aludiendo al frío de la noche.

-Qué pasa?- Murmuraba el futuro padre, incorporándose a la vida madrugadora.

A pesar del toque de queda impuesto, los pasajeros tenían un permiso especial de viaje. Un viaje que había comenzado hace ya casi doce horas.

-Viejo, no podemos seguir, debemos bajar...- Los pensamientos le revolvían la cabeza, un sentimiento de culpa se asomaba. El viaje no debió realizarse, sino hasta que el bebé hubiera nacido.

-Señor, disculpe, ¿Puede detener la micro-

A pesar de la oscuridad, el futuro padre pudo distinguir el lugar, estaban cerca de El Tofo. Aquí debían detenerse, era lo más cercano que la micro podía dejarlos.
El frío no se hizo esperar, los dolores del parto comenzaban y el miedo que perder una vida acechaban a la joven pareja.

-No me dejes sola...- Ella le suplicaba a su marido, con la impotencia de saber que él debía hacerlo, pues, a esos seis kilómetros y con la oscuridad del entorno, nadie los vería.

Los grillos nocturnos comenzaban nuevamente su danza, y esta vez entonaban el canto del amanecer. Pero un extraño ruido perturbó el ambiente, un ruido monótono y metálico. Un ciclista, a esas horas continuaba su agotador viaje, encontrándose con la pareja.

-Por favor... vaya rápido y de aviso!- El padre, depositaba su esperanza en aquel joven ciclista. A la vez que la madre respiraba aliviada de no perder la compañía de su amante.

-¡Por la mierda!... estamos en toque...- El capataz del campamento, recibía la noticia y buscaba solución. Su mirada quedó fija en la camioneta de servicio del campamento minero. Él estaba a cargo, tenía toda la responsabilidad, al fin y al cabo era su trabajo, pero era el único con su rango, era un mineral pequeño. Él no perdería su vida, sin embargo el bebé podría morir. Él ya tenía la solución.

Esa mañana manejó como nunca, no pensaba en nada, sólo tenía pegada su vista en el camino que le había indica el ciclista, mientras que por su espejo retrovisor veía la nube de polvo y tierra que su camioneta iba dejando.

-¡Gracias a Dios!-Exclamaba el hombre del norte, mientras atendía a su esposa en los últimos momentos del parto. Junto al capataz, ayudaron a la mujer y al recién nacido a subir a la camioneta. La atención médica no se hacía esperar, el recién nacido presentaba problemas respiratorios. El hospital más cercano era la posta de El Tofo, ubicado a seiscientos metros de altura, pues allí se encontraba dicho pueblo. Una empinada cuesta les esperaba.

El padre por momentos dejaba su atención de padre, para cumplir su función de copiloto, pues, aunque la habilidad del capataz al volante era sorprendente, eran cuatro las vidas que en ese vehículo se debatían.

La última curva de la cuesta sucumbía, y un horizonte plano aparecía. La garita de entrada al pueblo tomaba forma, custodiada por una singular barrera de madera, anunciando a los visitantes detenerse para inspección. Sin pensar, capataz y padre se miraron, uno esperando órdenes y el otro asintiendo la posible idea. Débil como la hoja de papel, la barrera sucumbió ante la veloz carrocería de la camioneta. El guardia, aturdido por el estrepitoso ruido hacía la llamada de rigor a las fuerzas policiales, pensando en la inminente pérdida de su empleo.

-Ya casi no respira...- Sollozaba la madre, depositando la fe en su esposo que bajaba de la camioneta para irrumpir en las cerradas puertas de la posta local. Un par de enfermeras soñolientas acudieron al desesperado llamado conduciendo a la madre y al bebé para la atención de inmediato.

Dos uniformados procedían a la detención de los dos, ya amigos, hombres que habían violado el toque de queda, y literalmente despedazado una norma de seguridad, mientras una enfermera con voz tranquilizadora anunciaba la pronta recuperación de sus recientes pacientes.

Los uniformados abandonaron la posta sin detenidos, pues era un día especial, era una situación especial. Un día 1 de noviembre de 1974, la vida se abrió paso...

2 comentarios:

Matilde "La Maga" Avellaneda dijo...

Aunque no lo creas, me acordaba de ese cuento, incluso del lugar!!! hace cuanto ke lo leí... uhm mi carrera duró 5 años... llevo dos titulada... 8 años?

Javier dijo...

Si, parece que fueron 8 años... por lo menos, a los 25 lo lei en mi cumpleaños y al día siguiente me llevaron al lugar de los hechos... creo que el cuento ahí tenía 1 año.